La agricultura requerida


Por wilfredo Briceño

La grave situación alimentaria- que padece el venezolano constituye parte central del huracán social que ha devastado los niveles de vida del venezolano. Superar tal situación obliga a repensar el modelo de agricultura que la nación debe plantearse construir una vez iniciado formalmente el gobierno de transición.

La existencia de diferentes pisos climáticos en el país nos condiciona a tener una agricultura de variados sistemas agrícolas de producción, por lo cual estamos en capacidad de generar una oferta diversificada de alimentos, que sumado al papel de la agricultura como proveedor de insumos para la industria de la construcción, vestido, calzado y papel, considerando además, el rol trascendente que juega en la generación y mantenimiento de los necesarios equilibrios de desarrollo nacional, todo lo cual nos obliga como sociedad a conferirle una importancia estratégica y prioritaria a la actividad productora de alimentos.

Surge una interrogante que debe ser respondida: ¿Qué modelo de crecimiento agrícola debe prevalecer? O planteado de otra forma: ¿Qué características deben configurar el tipo de crecimiento a alcanzar?

Requerimos, ciertamente, con urgencia aumentar significativamente la producción de alimentos. La caída de tal indicador en el último quinquenio ha sido brutal. Sin embargo, tal premura no debe inducirnos a impulsar cualquier tipo de crecimiento. No. Precisamos de un tipo de crecimiento del agroalimentario que guarde plena concordancia con la estructuración de modelo de desarrollo rural cuyos fundamentos son:

  • Altos índices de crecimiento del Producto Interno Bruto Agrícola (PIBA), fundamentado tanto en un incremento de la superficie a cosechar – 4.2 millones de has para 2025 -, como en un aumento en los niveles de productividad, de al menos 1.5% interanual en los próximos 10 años.
  • Eficiencia productiva, esto es, concentrar la atención pública en un grupo de rubros, vegetales y animales, que guarden total correspondencia con nuestra realidad agroecológica, lo cual implica cambios en los actuales patrones de consumo y producción, algunos, por cierto, de no muy poca monta.
  • Competitividad económica internacional en un grupo determinado de rubros. Al final la competitividad económica como concepto se expresa en la ecuación: precio nacional/ tasa de cambio, que convierte lo que se produce internamente a dólares americanos, si es esta última moneda con la cual se establece la relación de intercambio de monedas; y cuando se compara el precio así obtenido con el que rige en el mercado internacional para ese mismo producto el nivel de competitividad se logra en función si es mayor o menor al precio vigente en el mercado internacional, es decir, ¨si el precio nacional expresado en USD es igual o inferior al que prevalece en los mercados foráneos, entonces, somos competitivos en la producción de ese bien en particular¨.

Naturalmente ser o no ser competitivo depende de muchos factores y elementos que se contienen en la ecuación referida en el párrafo anterior. Ahora bien, no podemos lograr incrementos sustanciales en el tiempo en los niveles de productividad, como tampoco construir un sólido aparato económico agroalimentario, esto es, autónomo en su crecimiento y generador de divisas que equilibren la balanza comercial agrícola, si no logramos ser competitivos internacionalmente en un grupo determinado de rubros agrícolas. Altos niveles de productividad agrícola –y en cualquier otro sector- está asociado, indisolublemente, a logros de economías de escala en el tiempo, es decir, reducción en los costos medios de producción, lo que implica a su vez mercados amplios para colocar cosechas cada vez mayores en el tiempo. ¿De qué hablamos? Esencialmente de la reforma comercial agrícola, la cual debe integrar parte de nuestra producción a los flujos internacionales del comercio agroalimentario. Claro, entendemos perfectamente la dimensión temporal de lo que proponemos, esto es, que dicha reforma comercial agrícola debe instrumentarse de forma gradual, selectiva –por rubros específicos-, y concertadamente, previo además, que el sector publico ejecute un conjunto de acciones tendentes a:

  1. Lograr un marco macroeconómico estable, lo cual significa inflación de un digito, tasa de cambio única, convertible y en equilibrio, tasas de interés de un digito, bajos niveles de desempleo rural y un PIB en franco proceso de crecimiento y expansión. Los tres primeros indicadores impactan los niveles de oferta y el comportamiento del PIB los niveles de demanda.
  2. Inversión pública y privada en el denominado agrosoporte físico, tanto en el externo a las unidades de producción, como al interior de ellas, fundamentalmente en el espacio territorial donde tenga asiento la actividad productiva; nos referimos básicamente a:
  3. Drenajes y saneamiento de tierras
  4. Vialidad agrícola
  5. Electrificación
  6. Riego
  7. Nivelación de terreno
  8. Manejo de los aspecto fitotécnicos y zootécnicos de la actividad agroproductora
  9. Definición de un programa circunscrito a un grupo determinado de rubros, obviamente, propio de agroecosistemas tropicales, para los cuales se implementaran acciones de políticas públicas de apoyo y estimulo básicamente: reconversión tecnológica, financiamiento preferencial, beneficios fiscales, planes especiales de formación gerencial a los productores y servicios de información de mercado a través de las distintas embajadas y consulados
  • Ambientalmente sustentable. Cualquier índice de crecimiento en la actividad agroalimentaria que se logre a expensas de los necesarios procesos que garantizan una genuina conservación de los agroecosistemas no puede, jamás, ser considerado desarrollo agrícola. En este sentido señalamos colocar el acento en dos de los recursos claves: agua y suelos. Más aún: proponemos la constitución del Instituto Autónomo Nacional de Riegos y del Instituto Autónomo Nacional de Suelos.

En conclusión requerimos construir una agricultura que crezca su PIBA interanualmente al menos 6% durante las próximas 2 décadas, pero que tal crecimiento se realice sobre la base de la eficiencia biológica de los cultivos y animales a desarrollar, abierto a la competencia internacional en el mediano plazo en todos aquellos rubros que tengamos ventajas comparativas y en correspondencia con los estándares universalmente aceptados en cuanto a preservación de nuestros recursos naturales. Solo un crecimiento agroalimentario signado por tal direccionalidad constituirá inamovible fundamento para la edificación de un sólido aparato productor de alimentos y transformador de materias primas de origen agrícola. Ese es el más óptimo de los caminos a transitar.

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